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Fundación Lázaro Galdiano

El Buscón de Don Francisco de Quevedo y Villegas

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Siglo XVII



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El anónimo Lazarillo de Tormes (1554) había iniciado un camino, con la autobiografía de un pícaro, hijo de padres deshonrosos, que fracasaba en su intento de salir de la marginalidad en que había consistido su vivir. Era la primera novela moderna, porque en ella sus episodios no ocurren en remotas e indefinidas tierras con personajes ajenos y prototípicos.

Al contrario, Lázaro nace en Salamanca y sus modestas trapacerías ocurren por pueblos y caminos castellanos, durante época precisa, hasta parar en Toledo. Constituía una enorme novedad, que tardó bastantes años en ser percibida: la advirtió el sevillano Mateo Alemán, con su Guzmán de Alfarache, cuya primera parte es de 1599; el molde formal era el del Lazarillo, pero ostensiblemente diferenciado de éste por la abundancia de peripecias y por la inclusión de largas moralidades.

Esos dos relatos constituían ya el núcleo de lo que iba a ser el nuevo género picaresco. Poco más tarde, hacia 1604, Francisco de Quevedo, con El Buscón, irrumpiendo en línea con el anónimo a favor del relato escueto sin sermones, dejaría perfectamente constituído y asentado en nuestras letras y en las europeas tan fecundo género.

Y ello, con una obra de puro y deslumbrante ingenio verbal, según unos críticos, o de afilada crítica social según otros. Sin embargo, por circunstancias que desconocemos, el texto del genial madrileño no vio la estampa hasta 1626.

Nueve ediciones iban a seguir en los veinte años siguientes: su éxito había sido extraordinario, pero la obra, a pesar de ser rotundamente suya, nunca fué reconocida por el autor.

Y sin embargo, circuló ampliamente en copias manuscritas como lo revela la conservación de tres manuscritos sobrevivientes de los naufragios bibliográficos y documentales ocurridos desde entonces. Y así, ellos, los llamados códices S, de la Biblioteca Menéndez Pelayo de Santander; C, hoy en la Real Academia Española por legado del matrimonio Rodríguez-Moñino; y B, objeto del presente facsímil, junto con la princeps de 1626 (E) son las vías que hoy sirven de acceso al célebre relato.

Este último manuscrito permaneció desaparecido o tenido malamente en cuenta por diversos editores modernos del Buscón (Foulché-Delbosc, Selden Rose, Astrana Marín), hasta que lo dió a conocer el autor de esta presentación en 1965, junto con la reconstrucción crítica de la que sería una segunda versión de la novela, la cual estaría representada por los textos -no unánimes- E, S, C. Esta precedencia cronológica de B pareció indiscutible hasta 1988, en que Edmond Cros invirtió tal orden: B conservaría la última redacción. Desde entonces, la cuestión ha sido ampliamente debatida, y numerosos editores modernos de la novela se basan en este manuscrito, con la convicción de que representa la última o la más segura voluntad de Quevedo.

Es éste el valiosísimo códice que aquí se reproduce, que hago preceder de un estudio el cual me brinda ocasión para replantearme el problema del lugar que debe ser atribuido a B en la tradición textual del Buscón.

Características:

  • Original conservado en la Fundación Lázaro Galdiano.
  • Formato de la obra: 7 x 10,5 cm
  • Papel especial en verjurado y envejecido.
  • Pliegos a la antigua usanza y cosidos con hilo vegetal.
  • Cantos dorados con oro.
  • Encuadernación en piel con hierros dorados y lomo con nervios.
  • Presentado en un elegante estuche.
  • Libro estudio de la obra.
  • Impresión única, certificada y numerada, de 995 ejemplares.
  • Páginas: 440

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